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Mi Andalucia
Hubo un día en que la muerte me buscaba y no me encontró. Hubo otro día en que la muerte yo busqué y no la hallé. Anoche, dos horas después de perderse el sol en el incierto horizonte, pues nevaba, salieron mis pasos rumbo a Andalucía. En quince minutos estábamos en el teatro, que antes fuera una iglesia, para ver la presentación de un grupo de Flamenco compuesto en su mayoría por mujeres jóvenes y hermosas de Quebec. De mi primera sorpresa pasé a otra, en coreografia de danzas flamencas se presentaba una historia de suerte, envidias, odios y lealtades. Sentado en la tercera fila, casi al centro y con una perfecta visión de lo que pasaba en el escenario, me reconocí de pronto en Andalucía y me vi en un patio escuchando un cataor, que desde lo más profundo de si, sacaba voz para relatarnos su quebranto. Mis ojos siguieron las líneas de la figura que bailaba, mis oídos estaban atentos al ritmo, a la música y al canto que brotaba de los artistas que acompañaban las danzas. Mi alma estaba en otra parte, allá por Almeria, Málaga, Algeciras, Cadiz, Jerez de la Frontera, Sevilla, Córdoba, Linares, Jaen, Granada, Antequera y los miles de pueblos con sus gracias y sus furias. En una fiesta de patio con buen mosto admiraba yo, y otros muchos, la gracia del Cante Jondo en la voz aguardentosa de Primo, el de Jerez y las formas contorneadas de las mujeres en el tablado, con esos tacones y esas faldas arrepolladas, que las hacían más esbeltas y dignas de amarlas. En este embeleso estaba; aquí, reconociéndome que estaba allá y allá desconociéndome que estaba aquí. Al mismo tiempo estuve en dos lugares, anduve y desanduve el tiempo de tropelías y peligros, de amoríos y pasiones, de jolgorio y río revuelto, de cantos hasta la madrugada y trabajos para ganarse el pan. Quizá fueron veinte minutos o diez, en el teatro resonaban las voces, los instrumentos y las palmas, mientras en el escenario resonaban los tacones con el zapateo de la andaluza. Yo vagaba o divagaba, no lo sé, si sé que fueron minutos profundos en que el canto y la gracia del baile me llevaron por mis tierras de antaño. De las ideas que se han arraigado en mi alma rescato ahora la de la reencarnación, la rescato no por creer en ella, sino por gustarme, es una idea que da la posibilidad de haber estado muchas veces en estos infiernos apostando a la vida. En este extravío me sorprendió que alguien, que ahora reconozco como mi enemigo mortal, se para, y por razones de mi mucho amor dice palabras en gesto altanero, y me desafia a sacar el cuchillo que siempre cargo en el costado. Lo miré como con desaire, presintiendo su muerte y mi destino al margen de los caminos. Era tan público el desafio que haberlo escabullido hubiera sido un gesto de cobardía. Sin decir nada me empiné el resto de vino que quedaba en mi vaso, para no desperdiciarlo si la muerte me encontraba y para calentarme el alma cuando el otro quedara tendido. Se hizo un ruedo amplio para esquivar los golpes mortales, para no perderse detalles del duelo que se iniciaba a cuchillos relampagueando en el aire. Se me viene con la fuerza de un toro y mis pies me ayudan a ponerme en otro sitio, ahí lo tuve al alcance, pero hubiera sido un golpe por la espalda. Se repuso de su imprudencia y lanzó unas cuchilladas al aire, yo esperaba como ganando tiempo, un tiempo sin los pesares de un finado en la espalda. Algo se dijo en el público que no acerté a descifrar, me subieron los calores del alcohol y lamenté el silencio del cantaor. Fue un segundo eterno de presentimiento de cuerpo en el suelo y mancha creciendo. No quise ser yo el que allí quedara, tampoco quise esperar otro segundo de eternidad. se me vino encima y me arriesgué, en el brazo me alcanzó el frío de su acero. Con esa puñalada leve yo encontré la punta del camino al margen de las leyes y mi enemigo, en la punta de mi cuchillo, encontró el inicio de su muerte. Anibal de Ury se quedó con la sorpresa en la cara y la sangre manando de su corazón, yo me abrí a la noche. monté mi caballo y quise poner distancia. Ahora comprendo la punzada helada que de vez en cuando me acosa el brazo y mi aversión a las luces y los uniformes. Ahora comprendo la falta que me hacen estos patios de cantoares y mujeres en sus bellas formas zapateando un pleito de amor o relatando un desagravio.
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